viernes, 17 de julio de 2009

Guanipa le habla a los psiquiatras

A Carlos, de 79 años de edad, le preguntaron si el sexo era algo importante en su vida. Dijo que sí. Ángel confesó que le aterra hablar en público, y su esposa María dijo que su preocupación más importante era el dinero, porque ella es la que mantiene su hogar. Isabel no pudo deletrear al revés la palabra "mundo" y aseguró que nunca ha fumado ni bebido, mucho menos consumido alguna droga. Tampoco supo si corre el año 2009 o 2000. "No estoy pendiente de eso", dijo con desparpajo. Francisca dijo que dejó de fumar cuando la cajetilla costaba 2,75 bolívares, de los de antes. A Marco la resta de 100 menos 7 le salió mal. Una mujer de más de 60 años de edad dijo que no tiene preocupaciones, pero contestó afirmativamente cuando le preguntaron si alguna vez supo si su esposo le fue infiel. Otros hablaron de sus dolencias y de cuántas cervezas beben, de una vez que perdieron 40 kilos por una depresión, de cómo se sintieron cuando asesinaron a un cuñado, de que van con frecuencia a orinar por la diabetes. La comunidad de San José de Guanipa, en el estado Anzoátegui, fue auscultada por 50 psiquiatras de todo el país. La prueba piloto del Estudio de Determinación de la Morbilidad Psiquiátrica en Venezuela, promovido por la Sociedad Venezolana de Psiquiatría, se realizó el fin de semana pasado en este pueblo del oriente del país con apoyo del Instituto Nacional de Estadística y la Oficina Nacional Antidrogas, y la observación de representantes de los programas de salud mental y de atención a pacientes con trastornos adictivos del Ministerio de Salud. Guanipa no tiene hospital, con frecuencia sufre de apagones y falta el agua. Tiene una vía de acceso peligrosa, en la que a diario ocurren accidentes de tránsito. Pese a esto, abrió sus puertas a una especialidad desconocida para aliviar otras dolencias que no parecen tan evidentes. "El psiquiatra es para quien puede, y la gente cree que es para locos", señaló Luzmila Hernández, presidenta del Concejo Municipal de San José de Guanipa. Especialistas con batas blancas y cuestionarios dejaron la comodidad del consultorio para recorrer las calles de El Tigrito. Así se levantaron los datos familiares y médicos de 600 personas (adultos, y niños de entre 6 y 17 años de edad) e hicieron un diagnóstico que para algunos era sólo una sospecha: conviven con esquizofrénicos, personas con síndrome de Down, ancianos con demencia, bipolares, alcohólicos, drogadictos, epilépticos, depresivos, ansiosos. La preparación de la prueba incluyó enseñar a los habitantes de la zona la labor de un psiquiatra. Durante seis semanas los consejos comunales promovieron charlas para presentar el proyecto. La comunididad espera que con el censo se pueda cosechar un futuro sin violencia."Las drogas y la violencia son uno de los principales males. También vemos que hay muchas mujeres bebiendo, y es un problema de educación. Yo creo que de aquí a 10 años esto puede ser distinto", agregó José García, del consejo comunal Vista al Sol. Contar para planificar. Néstor Macías, presidente de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría, comparte el pálpito de García. "Sin estadísticas no podemos planificar. El pueblo está lleno de enfermos mentales, y para atenderlos partimos de premisas hipotéticas. Mucha de la violencia delictiva es cometida por consumidores de drogas, que son enfermos. Si no hacemos nada ahora, nos vamos a arrepentir". Macías, junto con sus hijas (psiquiatras también), ha impulsado este proyecto desde hace tres años. El censo permitirá saber, a través de los cuestionarios que se realizarán a 157.000 personas en 45.000 hogares ­que de obtener los fondos se aplicarán durante 1 año a partir de septiembre­, cuál es el estado de la salud mental del venezolano, y desarrollar programas preventivos y de atención. A estadísticos y médicos les sorprendió la cantidad de casos que se detectaron con las entrevistas hechas durante la prueba. La frecuencia de aparición indica que el problema puede ser más grande de lo que se piensa

jueves, 9 de julio de 2009

La tragedia de Venezuela

¿De qué hechos hablamos, en concreto, que nos permitan pensar que Venezuela vive una tragedia y no una crisis como las que ya ha conocido?

Venezuela vive tiempos más difíciles, más exigentes con sus pobladores de cuantos ha conocido a lo largo de su historia. Ante esto, estaríamos de inmediato tentados a considerar que esta desafortunada situación es tan generalmente compartida por todas las naciones del planeta que se habla de ella como de una crisis global. Y, cogiendo esta objeción liminar, deberíamos, manteniendo aún nuestra intención de ocuparnos de lo que hay de específico, de propio, de endógenos en nuestras dificultades actuales, hablar de la crisis de Venezuela y no de la tragedia como lo estamos haciendo.

Tragedia y no crisis

Pero sucede que en la médula misma de nuestros males, de nuestros pequeños, grandes o gigantescos achaques que tienden a durar y petrificarse, encontramos ese elemento determinante tan absolutamente carente de arraigo en la historia que caracteriza a la tragedia. En el origen de toda crisis, política, económica, demográfica, o meteorológica encontramos siempre algo de intempestivo, de imprevisto, pero se trata siempre de la deformación irregular o patológica de algún factor que nos es conocido. En la tragedia, en cambio, todo comienza por la inserción en la vida cotidiana de un elemento extraño y absolutamente desconocido que se presenta, sin embargo, disfrazado de lo que sí conocemos.
Así, recurriendo al más famoso ejemplo de lo trágico, un héroe, que con sus dignos y valientes actos ha recuperado para todo un pueblo la tranquilidad y felicidad perdidas, arroja el desorden, la perturbación y la culpabilidad general cuando se descubre que aquellos enmascaraban el parricidio y el incesto.
¿De qué hechos hablamos, en concreto, que nos permitan pensar que Venezuela vive una tragedia y no una crisis como las que ya ha conocido? Hablamos de tiempos difíciles para todos los habitantes de esta tierra, tiempos de inseguridad y de zozobra; de desesperanzas e incertidumbres; tiempos de desconfianza, prevención y hasta odio en el seno de nosotros mismos y de un sentimiento general de hallarnos en desventaja como pueblo en los intercambios de nuestro pueblos con los otros pueblos de la región y de otros lugares, cercamos a nuestra historia o bien remotos.
Tiempos en que vemos amenazados nuestros derechos y libertades justamente por quienes normalmente deberían ayudarnos a vivir pacífica y civilizadamente en el ejercicio de esas libertades y derechos.
Es cierto que hemos venido hablando nuestros males, pequeños, grandes o gigantescos achaques, desde que nos sentimos en crisis, pero debemos recordar que nunca hemos hablado como una sola conciencia o una voluntad que se expresa en una sola voz. Tiempos difíciles, que, temprana y fácilmente, todos hemos reconocido como tales, pero de los que hemos hablado y seguimos hablando con voz particular, voz de los chavista o de los antichavistas o de los que todavía creen que no son ni lo uno ni lo otro.
Pero ahora, y no sólo desde que se reconoció la crisis como una pandemia absolutamente global, cada vez de manera más intensa y extensa hablamos, ciertamente que todavía con voces distintas, de aquellos males, ya mencionados, que nos son comunes.
Y hemos comenzado a hablar de estos males comunes todavía en términos de confrontación y de pelea: obra de una pseudo democracia o de una dictadura disfrazada, dificultades inherentes a un nuevo tipo de régimen. As, lo que unos tachan de despilfarro y manipulación de pueblos, otros defienden como genuinas manifestaciones de la solidaridad con los pobres de adentro y de afuera.
Pero en la base real, en la base factual e ideológica de esta permanente confrontación viene aflorando, cada vez con mayor esplendor la evidencia: de que hay algo decididamente nuevo y de irresistible poder perturbador en el origen de estos achaques, pequeños, grandes o gigantescos. No se trata, repetimos, de uno de esos factores que han desencadenado las otras crisis y los otros tiempos duros que nos ha tocado vivir como nación.
Medios y fines en una empresa absurda
Y ese factor extraño y poderosamente perturbador de nuestra vida social es la piedra angular que Hugo Chávez ha colocado en su proyecto de edificar el socialismo del siglo XXI en Venezuela.- Proyecto de Hugo Chávez y sólo de Hugo Chávez. Cuya arbitrariedad y radical peligro no es en modo alguno evidente, como trataremos de ver en lo que nos queda de espacio. No es arbitrario este proyecto sólo porque la idea de desencadenar una “revolución socialista por decreto” (título, por cierto del denso y luminoso libro de Rivadaneyra publicado recientemente por José Agustín Catalá) puede devenir un acto de gobierno ferozmente opresor y tiránico.
Más y peor que esto, la arbitrariedad radica en lo que Chávez dice y hace como pasos estratégicos y tácticos para crear este socialismo. Todo, en efecto, cuanto acomete en el plano de las políticas públicas, en lugar de afianzarse en lo que hay de particular, de único en la sociedad venezolana y su funcionamiento, es la copia tristemente fiel de las medidas erradas y criminales que se han cometido en aquellos países que han pretendido imponer el socialismo a su pobladores.
Error y crimen de dilapidar recursos y envenenar la convivencia entre los pobladores para realizar todos aquellos experimentos que se realizaron en Cuba, en la URSS o en los países de democracia popular, con los desastrosos saldos materiales y espirituales que todos conocemos. Error y crimen de anunciar la construcción de una nueva y sana sociedad utilizando los podridos instrumentos que ya mostraron su ineficacia en otros desdichados pueblos.
Error y crimen que a diario, en cada alocución, en cada nuevo decreto del presidente se pueden reconocer sin dificultad alguna. Como también se pueden reconocer, oh, desdicha de la intelectualidad chavista, en los textos de concientización y formación que publica Vea o en la calidad de los obras que se expanden en las librerías y salas de lectura del régimen.