¿De qué hechos hablamos, en concreto, que nos permitan pensar que Venezuela vive una tragedia y no una crisis como las que ya ha conocido?
Venezuela vive tiempos más difíciles, más exigentes con sus pobladores de cuantos ha conocido a lo largo de su historia. Ante esto, estaríamos de inmediato tentados a considerar que esta desafortunada situación es tan generalmente compartida por todas las naciones del planeta que se habla de ella como de una crisis global. Y, cogiendo esta objeción liminar, deberíamos, manteniendo aún nuestra intención de ocuparnos de lo que hay de específico, de propio, de endógenos en nuestras dificultades actuales, hablar de la crisis de Venezuela y no de la tragedia como lo estamos haciendo.
Tragedia y no crisis
Pero sucede que en la médula misma de nuestros males, de nuestros pequeños, grandes o gigantescos achaques que tienden a durar y petrificarse, encontramos ese elemento determinante tan absolutamente carente de arraigo en la historia que caracteriza a la tragedia. En el origen de toda crisis, política, económica, demográfica, o meteorológica encontramos siempre algo de intempestivo, de imprevisto, pero se trata siempre de la deformación irregular o patológica de algún factor que nos es conocido. En la tragedia, en cambio, todo comienza por la inserción en la vida cotidiana de un elemento extraño y absolutamente desconocido que se presenta, sin embargo, disfrazado de lo que sí conocemos.
Así, recurriendo al más famoso ejemplo de lo trágico, un héroe, que con sus dignos y valientes actos ha recuperado para todo un pueblo la tranquilidad y felicidad perdidas, arroja el desorden, la perturbación y la culpabilidad general cuando se descubre que aquellos enmascaraban el parricidio y el incesto.
¿De qué hechos hablamos, en concreto, que nos permitan pensar que Venezuela vive una tragedia y no una crisis como las que ya ha conocido? Hablamos de tiempos difíciles para todos los habitantes de esta tierra, tiempos de inseguridad y de zozobra; de desesperanzas e incertidumbres; tiempos de desconfianza, prevención y hasta odio en el seno de nosotros mismos y de un sentimiento general de hallarnos en desventaja como pueblo en los intercambios de nuestro pueblos con los otros pueblos de la región y de otros lugares, cercamos a nuestra historia o bien remotos.
Tiempos en que vemos amenazados nuestros derechos y libertades justamente por quienes normalmente deberían ayudarnos a vivir pacífica y civilizadamente en el ejercicio de esas libertades y derechos.
Es cierto que hemos venido hablando nuestros males, pequeños, grandes o gigantescos achaques, desde que nos sentimos en crisis, pero debemos recordar que nunca hemos hablado como una sola conciencia o una voluntad que se expresa en una sola voz. Tiempos difíciles, que, temprana y fácilmente, todos hemos reconocido como tales, pero de los que hemos hablado y seguimos hablando con voz particular, voz de los chavista o de los antichavistas o de los que todavía creen que no son ni lo uno ni lo otro.
Pero ahora, y no sólo desde que se reconoció la crisis como una pandemia absolutamente global, cada vez de manera más intensa y extensa hablamos, ciertamente que todavía con voces distintas, de aquellos males, ya mencionados, que nos son comunes.
Y hemos comenzado a hablar de estos males comunes todavía en términos de confrontación y de pelea: obra de una pseudo democracia o de una dictadura disfrazada, dificultades inherentes a un nuevo tipo de régimen. As, lo que unos tachan de despilfarro y manipulación de pueblos, otros defienden como genuinas manifestaciones de la solidaridad con los pobres de adentro y de afuera.
Pero en la base real, en la base factual e ideológica de esta permanente confrontación viene aflorando, cada vez con mayor esplendor la evidencia: de que hay algo decididamente nuevo y de irresistible poder perturbador en el origen de estos achaques, pequeños, grandes o gigantescos. No se trata, repetimos, de uno de esos factores que han desencadenado las otras crisis y los otros tiempos duros que nos ha tocado vivir como nación.
Medios y fines en una empresa absurda
Y ese factor extraño y poderosamente perturbador de nuestra vida social es la piedra angular que Hugo Chávez ha colocado en su proyecto de edificar el socialismo del siglo XXI en Venezuela.- Proyecto de Hugo Chávez y sólo de Hugo Chávez. Cuya arbitrariedad y radical peligro no es en modo alguno evidente, como trataremos de ver en lo que nos queda de espacio. No es arbitrario este proyecto sólo porque la idea de desencadenar una “revolución socialista por decreto” (título, por cierto del denso y luminoso libro de Rivadaneyra publicado recientemente por José Agustín Catalá) puede devenir un acto de gobierno ferozmente opresor y tiránico.
Más y peor que esto, la arbitrariedad radica en lo que Chávez dice y hace como pasos estratégicos y tácticos para crear este socialismo. Todo, en efecto, cuanto acomete en el plano de las políticas públicas, en lugar de afianzarse en lo que hay de particular, de único en la sociedad venezolana y su funcionamiento, es la copia tristemente fiel de las medidas erradas y criminales que se han cometido en aquellos países que han pretendido imponer el socialismo a su pobladores.
Error y crimen de dilapidar recursos y envenenar la convivencia entre los pobladores para realizar todos aquellos experimentos que se realizaron en Cuba, en la URSS o en los países de democracia popular, con los desastrosos saldos materiales y espirituales que todos conocemos. Error y crimen de anunciar la construcción de una nueva y sana sociedad utilizando los podridos instrumentos que ya mostraron su ineficacia en otros desdichados pueblos.
Error y crimen que a diario, en cada alocución, en cada nuevo decreto del presidente se pueden reconocer sin dificultad alguna. Como también se pueden reconocer, oh, desdicha de la intelectualidad chavista, en los textos de concientización y formación que publica Vea o en la calidad de los obras que se expanden en las librerías y salas de lectura del régimen.
jueves, 9 de julio de 2009
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